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sábado, 11 de noviembre de 2017

Antonella y los cánceres de Gualeguaychú



Por Silvana Melo
(APe).- A las diez y veinticinco de la mañana Antonella murió. Fue lunes y Gualeguaychú sólo era noticia por ella. Porque Antonella por mucho tiempo fue alcancía y foto en los almacenes y en los kioscos. De una ciudad que produce más alcancías y fotos de niños con cáncer que fiestas de carnaval. Gualeguaychú es un terrón en la provincia de Entre Ríos: la más regada por glifosato, según informes del Conicet. Con Urdinarrain como estrella mundial del veneno sistémico (Environmental Pollution). En Gualeguaychú el 30 % de los muertos mueren de cáncer, mientras que en el país no superan el 20.
Entre Ríos es una autopista sojera, capital de un modelo de producción que necesita envenenar para subsistir. Dos días antes de que Antonella muriera, Natalia Bazán habló 28 minutos frente a su celular. La madre de Antonella habló cuando la nena ya dormía y el dolor había sido derogado en las últimas horas de vida. Y dijo que “la vida de nuestros hijos no siga siendo un negocio”. Y dijo que “paren toda esta mierda que mata a nuestros hijos y a otros les llena el bolsillo”.
Natalia pasó meses en el Garrahan asistiendo al derrumbe de su chiquita de ocho años, en una foto brutal de la inclemencia del sistema. Donde la economía vapulea a la salud, destierra a los débiles y condena el futuro a la intemperie. “La mayoría de los chicos con cáncer viene de Entre Ríos”, dice. Y para ella el dolor llega directo desde el agua y el aire.
El periodista Fabián Magnotta, después de la investigación donde surgió que el cáncer en Gualeguaychú superaba la media nacional, publicó en su perfil de Facebook un pedido: “No hay estadísticas sobre cáncer en menores de 18 años en Gualeguaychú. Agradezco información para hacerla”. Decenas de respuestas con nombres, con edades pequeñas, con historias de leucemias y cánceres, con temporadas eternas en el Garrahan, lejos de casa, con muertes absurdas, caprichosas, colonizando espacios donde deberían regir la rayuela y la vertical, la cancha y el burbujero, despacito y el brujo de bulubú, el reggetón y la bici.
Le llevará un año más a Fabián Magnotta elaborar toda esa muerte aluvional. Pero será él quien lo vuelva a hacer porque las cifras oficiales, si hay, se guardan celosamente. Para no generar segundas investigaciones (por ejemplo, las causas) que puedan fastidiar a los actores -de ubicuidad intensa- de los agronegocios. Que suelen ser diputados, ministros, médicos, empresarios. Es decir, telas de araña que envuelven la voluntad de los pueblos. Que conceden generosamente el trabajo con el que subsisten esos pueblos. Y ante los que pocos se atreven a correr un riesgo que, además de la hipoteca del futuro, a la que ya están resignados, les abroche el vaciamiento del presente.
Antonella murió el lunes a las 10,25 en la Terapia Intensiva del Garrahan. “Las cinco quimios le destrozaron los órganos”, dijo Natalia Bazán. En una provincia arrasada por los agroquímicos, probablemente Anto haya sufrido el castigo de la hierba frágil. Y la terapia con más química la haya quebrado como un cristalito. Acaso no se sepa nunca. Y sólo quede en la canasta de las hipótesis. O en el baúl de los mitos. Para que no se despierten los propietarios de la tierra y el agua. Y se sientan ofendidos por niños que se mueren como daños colaterales.
Como murieron Leila Derudder (14) y Joan Franco (dos años y medio) en 2014 en San Salvador, Entre Ríos. A 200 kilómetros de Gualeguaychú. En esa cuadra donde el cáncer golpeaba a la puerta casa por casa.
La revista internacional Environmental Pollution fue la que publicó el informe de los investigadores del Conicet: Entre Ríos registra los más altos niveles de acumulación de glifosato a nivel mundial. “Dada la enorme cantidad pulverizada y la afectación de los microorganismos encargados de su degradación, el producto no hace más que acumularse en las tierras con todo el riesgo tóxico que esto implica”.
Es una evidencia científica de la criminalidad del impacto socioambiental del modelo de producción que ha subsistido con éxito desde su blanqueo brutal en 1996 con la entrada de la transgénesis, en un tránsito por neoliberalismos, progresismos y etcéteras, amamantados todos prolijamente por la nueva concentración de poder.
Las evidencias políticas están en la impunidad. En la ceguera judicial que es capaz de negar responsabilidades a pesar de la autopsia en un cuerpito plagado de endosulfán. En la decisión de mantener el modelo como columna y sostén del estado.
Mientras la vida pasaba afuera, desesperada, vertiginosa, Antonella moría el lunes. A las 10,25 de la mañana. Tenía ocho años. Estuvo meses en el Garrahan, enchufada a cables y agujas, atada a barbijos, cantando hasta que pudo. Cuando debió haber jugado hasta el hartazgo. Tomando helados, pelándose las rodillas en la plaza y riéndose de Gualeguaychú, con ese nombre de estornudo. Libre y feliz.
Foto: la imagen de inicio es sólo  una foto ilustrativa.
Edición: 3480


jueves, 3 de septiembre de 2015

Ocho de cada diez, con tóxicos



El estudio analizó 60 muestras de frutas y verduras. Encontraron plaguicidas en el 83 por ciento de los cítricos y zanahorias. El 78 por ciento en morrones y 70 en verduras de hoja. Los venenos detectados fueron insecticidas y fungicidas.


 Por Darío Aranda
Ocho de cada diez verduras y frutas tienen agrotóxicos. Lo afirma una investigación realizada por la Universidad Nacional de La Plata (UNLP), en la que se analizaron verduras de hoja verde, cítricos y hortalizas. El 76,6 por ciento tenía al menos un químico y el 27,7 por ciento de las muestras tenía entre tres y cinco agroquímicos. “La variedad de plaguicidas es muy grande. Y el cóctel de químicos es muy fuerte”, aseguró Damián Marino, codirector del trabajo. Entre los productos que más se detectaron está el insecticida endosulfán, prohibido en Argentina desde 2013.
“Plaguicidas. Los condimentos no declarados”, es el nombre del estudio realizado por investigadores del Espacio Multidisciplinario de Interacción Socio Ambiental (Emisa), de la UNLP. El trabajo, realizado entre noviembre de 2014 y abril de 2015, analizó 60 muestras de frutas y verduras. Separados por categorías, el 83 por ciento de los cítricos (naranjas y mandarinas) y de zanahorias tiene agrotóxicos. También dieron positivo el 78 por ciento de los morrones y el 70 por ciento de las verduras de hoja verde (lechuga y acelga).
Los alimentos contenían los insecticidas lambdacialotrina, endosulfán, clorpirifos y cipermetrina. Y los fungicidas (para hongos) tebuconazole, tpoxiconazol. “Estos son los amigos del famoso herbicida glifosato”, destacó Damián Marino, cuando presentó su trabajo en el Congreso de Salud Socioambiental de la Facultad de Ciencias Médicas de Rosario. “El endosulfán es uno de los compuestos de mayor aparición. Y recordemos que está prohibido en Argentina”, remarcó Marino.
Los investigadores coinciden en la importancia de estudiar y alertar sobre el uso del herbicida glifosato (el más utilizado en el país, en soja y maíz, entre otros), pero también remarcan que sus “amigos” están presentes de manera cotidiana en la mesa de los argentinos.
El trabajo afirma que los pequeños productores son también víctimas del modelo que los impulsa a utilizar los plaguicidas. Insta a que los gobiernos tomen medidas urgentes y llama la atención: la solución no pasa por reemplazar un veneno por otro, sino en dejar de usarlos. Afirma que siempre la industria química presenta un plaguicida como inocuo y, con el paso de los años y con muchísimos afectados, lo retiran del mercado por la afección que produce en la salud.
Marino ejemplificó con el insecticida DDT. Creado en 1947, a inicios de la década del ’60 ya era muy cuestionado. Recién en 1972 los prohibió Estados Unidos y recién en 2001 ingresó al Convenio de Estocolmo (espacio internacional auspiciado por la ONU que regula el tratamiento de sustancias tóxicas). “El agro en base a agroquímicos es una rueda infinita a expensas de la salud de los pueblos”, denunció el investigador. Y advirtió que con el famoso glifosato (utilizado en soja y maíz transgénico, entre otros cultivos) sucederá lo mismo.
El trabajo de análisis de verduras, frutas y hortalizas forma parte de un proyecto de extensión de la UNLP junto al Banco Alimentario de La Plata, ONG que recupera hasta cuatro toneladas de alimentos por mes. Y que se distribuye en comedores, parroquias y familias. También se seleccionaron frutas y verduras pertenecientes a comercios cercanos a la UNLP. La investigación destaca la responsabilidad del Estado, que permite una forma de producción y comercialización que implica alimentarse con venenos.
Un apartado está dedicado al “Límite Máximo Regulatorio (LMR)”, que corresponde a lo estipulado por el Estado de cuánto veneno puede tener un alimento. El trabajo señala que, si se toma a rajatabla el LMR, el ocho por ciento de las muestras analizadas supera el valor permitido. Pero destaca que hay productos que no están regulados y no debieran tener determinados químicos, pero sí lo tienen. Ejemplo: en las verduras, cítricos y zanahoria se encontró el insecticida cipermetrina, que no tiene LMR establecido (y que no debiera utilizarse para esos alimentos).
El LMR está basado en la Ingesta Diaria Admisible (IDA). “No está claro cómo lo determinan. En muchos casos es resultado de una ‘caja negra’ de ingreso de datos, que además cuando se publican toman información preexistente que en algunos casos tiene casi diez años de antigüedad, y no se corresponde a la dinámica de la información científica”, alertó Marino. Tampoco se diferencia el LMR-IDA para niños.
Los investigadores de la UNLP resaltaron en su trabajo la preocupación de alimentos con agrotóxicos, aún cuando cumplan los límites establecidos por el Estado. “Según nuestras mediciones, una ensalada de varios componentes puede significar la exposición simultánea a una mezcla de plaguicidas y nada se sabe respecto a la respuesta biológica para su eliminación. La toxicidad de mezclas sigue siendo un gran capítulo de investigación y debate, poco se sabe respecto a efectos de mezclas de activos de plaguicidas y sus efectos sobre la salud, más en exposiciones crónicas como este caso”, aseguró Marino.
La investigación señala que se debe trabajar para consumir productos con ausencia de plaguicidas, para lo que se requieren políticas públicas para el apoyo y acompañamiento desde los productores y hasta la comercialización.

miércoles, 26 de agosto de 2015

La ambientalista Sofía Gatica, disertará este sábado en Chajarí



Este sábado, a las 19, en el salón del Consejo Profesional de Ciencias Económicas de Chajarí (Moreno 920), disertará Sofía Gatica, militante ambientalista reconocida mundialmente. Con la organización del Foro Waj Mapu, Gatica, la única argentina ganadora del “Premio Goldman” se referirá a la lucha que lleva desde hace tiempo en defensa del medio ambiente.
Es importante destacar que el “Premio Golman”, al que también se denomina “Premio Nobel Verde”, se concede anualmente como recompensa a defensores de la naturaleza y el medio ambiente. Repartido en seis categorías en función de la zona geográfica: África, Asia, Europa, las naciones insulares, América del Norte, América Central y América del Sur.
Sofía Gatica es cordobesa, y organizó a las mujeres del barrio Ituzaingó Anexo para frenar la fumigación indiscriminada en los campos de soja colindantes. Afirmó en una de las tantas notas que se le han realizado, que comenzó su lucha porque sus hijos estaban en riesgo. Había fallecido su hija con malformación de riñones y su hijo no podía caminar después de cada fumigación, además su sobrina murió de cáncer. De manera que lideró la investigación en un grupo conformado a tal efecto, denominado “Madres de Ituzaingó”. En esa tarea puerta a puerta descubrió que algunas familias tenían hijos con malformaciones, otras con cáncer, otras hermanos con leucemia, maridos fallecidos por cáncer etc. No le resultó sencillo lograr el apoyo del barrio, ya que varios de los habitantes reciben planes sociales que se financian con las retenciones a la soja. Pero hubieron más dificultades, desde la negación del gobierno a dar respuestas al problema, las amenazas de los sojeros, hasta las presiones en la comunidad. Los hijos de Gatica fueron amenazados y también ella misma. Un día incendiaron parte de su casa. En otra oportunidad, desconocidos balearon su perro. Y no fueron estos los únicos problemas sufridos por esta luchadora.
Gatica no duda que la gente de su barrio se enfermaba por el envenenamiento de la soja transgénica y el uso de glifosato. En una nota que le realizaran y fuera publicada por Greenpeace de España hay una afirmación terrible: “Hay muchos niños que están naciendo con malformaciones, familias enteras con tumores en la cabeza y cáncer. El 33 por ciento de la gente que fallece en nuestro barrio es por tumores y el 80 por ciento de los niños tienen agroquímicos en la sangre”.
Su reacción contra Monsanto en Argentina se produjo cuando las comunidades vecinas a cultivos de soja transgénica comenzaron a notar un sospechoso aumento de muertes por cáncer y de casos de nacimientos con malformaciones congénitas.
La lucha logró que se apruebe una ordenanza municipal que prohíbe las fumigaciones aéreas en Ituzaingó a una distancia menor de 2.500 metros de las viviendas.
Hoy, Gatica encabeza el denominado “Acampe por la Vida”, una ocupación autogestionada del predio elegido por Monsanto en el barrio Malvinas Argentinas, a 15 km de la ciudad de Córdoba. El acampe ha impedido que se construya allí una planta de tratamiento de semilla. 
Fuente: http://www.chajarialdia.com.ar/nota.php?id=31710

domingo, 29 de marzo de 2015

Confirmado: la OMS ratificó que el glifosato de las fumigaciones puede provocar cáncer

“Hay pruebas convincentes de que el glifosato puede causar cáncer en animales de laboratorio y hay pruebas limitadas de carcinogenicidad en humanos (linfoma no Hodgkin)” y por otra parte el herbicida “también causó daño del ADN y los cromosomas en las células humanas”. De ese modo, la Organización Mundial de la Salud confirmó lo que hace más de una década afirman pueblos fumigados, vecinos en lucha, organizaciones sociales y académicos que no responden al sector empresario. Detalles de informe, en esta crónica exclusiva para lavacaDarío Aranda.
Andrés Carrasco y las Madres de Ituzaingó, Córdoba. Las denuncias de vecinas y de científicos, ratificadas por la OMS
Andrés Carrasco y las Madres de Ituzaingó, Córdoba.
La Organización Mundial de la Salud (OMS), máximo espacio internacional en materia sanitaria, acaba de alertar sobre la vinculación del herbicida glifosato (el más utilizado en el mundo) y el cáncer. Confirmó que existen “pruebas” de que el herbicida puede producir cáncer en humanos y en animales de laboratorio. “También causó daño del ADN y en los cromosomas en las células humanas”, alerta el trabajo científico y detalla que se detectó glifosato en agua, alimentos, y en sangre y orina de humanos. El glifosato se utiliza de manera masiva en soja y maíz transgénicos (entre otros cultivos) y desde hace más de diez años es denunciado por organizaciones sociales, campesinas, médicos y científicos independientes de las empresas.

300 millones de litros

En Argentina se aplica glifosato en más de 28 millones de hectáreas, volcando a los suelos más de 300 millones de litros de glifosato cada año. Los campos de soja transgénica, maíz y algodón son rociados con el herbicida  para que nada crezca, salvo los transgénicos. También está permitido su uso en cítricos, frutales de pepita (manzana, pera, membrillo), vid, yerba mate, girasol, pasturas, pinos y trigo. A partir del avance transgénico, aumentó geométricamente el uso del glifosato, desarrollado y comercializado inicialmente por Monsanto desde la década del ’70, aunque en el 2000 se venció la licencia y en la actualidad lo producen un centenar de empresas.
A medida que crecía la siembra de transgénicos, y mayor era el uso de agrotóxicos, se sumaban las denuncias por daños a la salud la salud. Caso emblemático de Argentina es el de las Madres del Barrio Ituzaingó Anexo en Córdoba, que incluso llegó a juicio penal con condenas para el productor y el fumigador. Y también se sumaron los estudios científicos que daban cuenta de abortos espontáneos, cáncer, malformaciones y afecciones agudas, entre otras consecuencias.

OMS

La Agencia Internacional para la Investigación sobre el Cáncer (IARC) es un ámbito especializado de la Organizaciones Mundial de la Salud (OMS). Luego de un año de trabajo de 17 expertos de once países, el 20 de marzo emitió un documento inédito: “Hay pruebas convincentes de que el glifosato puede causar cáncer en animales de laboratorio y hay pruebas limitadas de carcinogenicidad en humanos (linfoma no Hodgkin)”. Detalla que la evidencia en humanos corresponde a la exposición de agricultores de Estados Unidos, Canadá y Suecia, con publicaciones científicas desde 2001. Y destaca que el herbicida “también causó daño del ADN y los cromosomas en las células humanas” (situación que tiene relación directa con el cáncer).
El IARC-OMS recuerda que, en estudios con ratones, la Agencia de Protección Ambiental (EPA) de Estados Unidos había clasificado al glifosato como posible cancerígeno en 1985 pero luego (1991) modificó la calificación. Los científicos del IARC consideran que, desde la reevaluación de la EPA hasta la fecha, hubo “hallazgos significativos y resultados positivos para llegar a la conclusión de que existen pruebas suficientes de carcinogenicidad en animales de experimentación” y afirman que estudios en personas reportaron “incrementos en los marcadores sanguíneos de daño cromosómico” después de fumigaciones con glifosato.
El documento se llama “Evaluación de cinco insecticidas organofosforados y herbicidas”. Fue publicado en la sede del IARC en Lyon (Francia) y remarca que las evaluaciones son realizadas por grupos de “expertos internacionales” seleccionados sobre la base de sus conocimientos y sin conflictos de interés (no puede tener vinculación con las empresas). Publicaron un resumen de dos carillas y en breve estará el detalle en el denominado “Volumen 112 de las Monografías del IARC”.

En sangre y orina

La organización internacional recuerda que el glifosato es el herbicida de mayor uso mundial. Se utiliza en más de 750 productos diferentes para aplicaciones agrícolas, forestales, urbanos y en el hogar. Su uso se ha incrementado notablemente con el desarrollo de variedades de cultivos transgénicos y precisa que el agroquímico “ha sido detectado en el aire durante la pulverización, en agua y en los alimentos”. Y reconoce que la población “está expuesta principalmente a través de la residencia cerca de las zonas fumigadas”. Precisa que el glifosato se detectó en la sangre y la orina de los trabajadores agrícolas.
Con la nueva evaluación, el glifosato fue categorizado en el “Grupo 2A”, que significa en parámetros de la Organización Mundial de la Salud: “Probablemente cancerígeno para los seres humanos”. Esta categoría se utiliza cuando hay “pruebas limitadas” de carcinogenicidad en humanos y “suficiente evidencia” en animales de experimentación. La evidencia “limitada” significa que existe una “asociación positiva entre la exposición al químico y el cáncer” pero que no se pueden descartar “otras explicaciones”.
El IARC-OMS trabaja sobre cinco categorías de sustancias que tienen relación con el cáncer. El “Grupo 2A” es la segunda categoría en peligrosidad, sólo superada por “Grupo 1”, donde se ubican, por ejemplo, el asbesto y la radiación ionizante. “Por la nueva clasificación, el glifosato es tan cancerígeno como el PCB (compuesto químico que se usaba en los transformadores eléctricos) y el formaldehido, ambos miembros del Grupo 2A en cuanto su capacidad de generar cáncer en humanos”, explicó Medardo Avila Vazquez, de la Red de Médicos de Pueblos Fumigados.

“Se debe prohibir”

La publicación de la Organización Mundial de la Salud fue bien recibida por las organizaciones sociales y científicos independientes (no vinculados a las empresas). Aunque también coincidieron en que la OMS tardó demasiado en reconocer los efectos del glifosato. “Es necesario saludar al IARC y a la OMS por ponerse al día con las investigaciones científicas. Es muy importante esta publicación, habrá un antes y un después, ya que fortalece la posición de los que venimos reclamando a las academias y a los responsables políticos la aplicación y plena vigencia del principio precautorio (tomar medidas urgentes para proteger a la población”, reclamó Damián Verzeñassi, de la Cátedra de Salud Socioambiental de la Facultad de Ciencias Médicas de la Universidad de Rosario. “La OMS lo admitió, ya no pueden quedar dudas, el problema es mucho mayor de lo que se dice. El glifosato ha seguido el mismo camino que el endosulfan, el DDT, el cigarrillo y el Tamiflu”, explicó el investigador de la UNR.
Raúl Horacio Lucero, biólogo molecular e investigador de la Universidad del Nordeste, llamó a aplicar de manera urgente el principio precautorio vigente en la ley: “Se debe prohibir ya la comercialización y aplicación de este veneno”. También lamentó la demora de la OMS: “Si nos hubieran escuchado hace diez años se hubieran salvado muchas vidas”.

Otros agrotóxicos

El IARC-OMS también evaluó al malatión (herbicida) y al diazinón (insecticidas) como probable cancerígeno para los humanos (Grupo 2A, al igual que el glifosato). Los insecticidas tetraclorvinfos y paratión fueron clasificados como posiblemente cancerígeno para los seres humanos (Grupo 2B, con pruebas convincentes de que estos agentes causantes de cáncer en animales de laboratorio). Para el Malathion determinaron la vinculación con daño en el ADNI humano y tumores en roedores.

Monsanto

La empresa Monsanto, creadora del glifosato (bajo la marca Roundup) y principal señalada por la denuncias de perjuicios a la salud, siempre defendió su agroquímico en base a la clasificación de la OMS. La gacetilla institucional, que aún está en el sitio de Internet, llamado “Acerca del glifosato”, resalta que la OMS lo ubica como “producto que normalmente no ofrece peligro” y remarca en negrita un trabajo de 2004 en el que la OMS lo calificaba como “no cancerígeno”.
Monsanto siempre utilizó los argumentos de la OMS. Pero ayer cambió de opinión: “La IARC ha estado bajo críticas tanto por su proceso como el sesgo que ha demostrado”. La compañía acusó a la agencia de la OMS de que su conclusión no es exhaustiva, la considera “sesgada” y la acusa de no basarse en “ciencia de calidad”. Advirtió que ya entró en contacto con la OMS para solicitar una revisión del trabajo.
El comunicado de la mayor corporación del agro mundial sostiene que la clasificación de la IARC-OMS “no se apoya en datos científicos”. Alcanza con ver el documento oficial de la Agencia Internacional para la Investigación contra el Cáncer (IARC) para contabilizar al menos 16 trabajos científicos que confirman los efectos de los agroquímicos. Se citan investigaciones de 1985 hasta de 2015. No figuran los trabajos de David Saltamiras ni de Gary Williams, dos científicos que suelen atacar todo argumento académico contrario a los transgénicos y a los agroquímicos. No es casual: Saltamiras y Williams son empleados de Monsanto y por eso sus trabajos no figuran en la evaluación de la OMS.
Monsanto fue la creadora y mayor comercializadora de glifosato. En el 2000 venció su licencia, lo que abrió pasó a que otras empresas lo produzcan. En Argentina producen el herbicida las compañías Syngenta, Basf, Bayer, Dupont, Dow Agrosciences, Atanor, YPF, Nidera, Nufarm, Red Surcos, Vicentín y Sigma Agro, entre otras.

Carrasco tenía razón

Según estadística de la Cámara de Sanidad Agropecuaria y Fertilizantes (Casafe), que reúne a todas las grandes empresas de agroquímicos, en 1996 (cuando se aprobó la primera soja transgénica) se usaban en Argentina once millones de litros de glifosato. En 2012 se vendieron 182 millones de litros de glifosato. Desde hace tres años que Casafe no hace públicas las estadísticas de uso. Sí lo actualizó la Red de Médicos de Pueblos Fumigados. Afirma que en los campos argentinos se arrojan 320 millones de litros de glifosato por año y trece millones de personas en riesgo de ser afectadas por el químico.
Andrés Carrasco, jefe del Laboratorio de Embriología Molecular de la Facultad de Medicina de la UBA e investigador principal del Conicet, confirmó en 2009 que el glifosato producía malformaciones en embriones anfibios, incluso en dosis hasta muy inferiores a las utilizadas en el campo. En 2010 publicó su trabajo en la revista científica estadounidense Chemical Research in Toxicology (Investigación Química en Toxicología). Debió enfrentar una campaña de desprestigio por parte de las empresas, de sectores de la academia y de funcionarios políticos, como el ministro de Ciencia, Lino Barañao. “Los transgénicos y los agrotóxicos en Argentina son un experimento masivo a cielo abierto”, solía advertir en disertaciones y entrevistas. Carrasco, fallecido en mayo de 2014, afirmaba que la mayor prueba de los efectos de los agrotóxicos no había que buscarlas en los laboratorios, sino ir a las comunidades fumigadas.
Raúl Horacio Lucero, investigador chaqueño, le escribió ayer un correo a este periodista: “¿De qué se disfrazarán ahora los expertos del Conicet que tanto atacaron a Andrés Carrasco?”.
Viviana Peralta de San Jorge (Santa Fe), Laura Mazzitelli y Elio Servín de La Leonesa (Chaco), Fabián Tomasi y Don Julio Ariza (Entre Ríos), Miriam Samudio de Puerto Piray (Misiones), Sofía Gatica y María Godoy del Barrio Ituzaingó (Córdoba), María Cristina Monsalvo y Víctor Fernández (de Alberti, Buenos Aires). Una mínima muestra de quiénes denuncian desde hace años los efectos de los agroquímicos. Fueron, la mayoría de las veces, desoídos y maltratados por el poder político, judicial y mediático.
La Organización Mundial de la Salud comenzó a reconocer que los vecinos de a pie tenían razón.
Fuente: http://www.lavaca.org/notas/confirmado-la-oms-ratifico-que-el-glifosato-de-las-fumigaciones-puede-provocar-cancer/

jueves, 13 de noviembre de 2014

Entrevista a Fabian Tomasi

Durísima entrevista con un hombre que lleva en su cuerpo, las consecuencias de la exposición a agroquímicos, y el abandono de los ejecutivos.



Fuente: http://www.ivoox.com/entrevista-a-fabian-tomasi-audios-mp3_rf_3729835_1.html

Fabian Tomasi


El ex trabajador del campo Fabian Tomasi, de 47 años, muestra la condición de su cuerpo demacrado mientras se encuentra dentro de su casa en Basavilbaso, en la provincia de Entre Ríos, Argentina, el 29 de marzo. El trabajo de Tomasi era mantener a los aviones fumigadores volar llenando rápidamente sus tanques pero él dice que nunca fue entrenado para manejar pesticidas. Ahora está a punto de morir de polineuropatía. "Me preparé millones de litros de veneno y sin ningún tipo de protección, ni guantes, máscaras o ropa especial. Yo no sabía nada. Me enteré más tarde de lo que me hizo a mí, después de contactar con los científicos," dijo. (Natacha Pisarenko / Associated Press) #

Fuente: http://noticiasalternativasdelmundo.blogspot.com.ar/search?q=fabian

martes, 7 de octubre de 2014

Leila, arrancada como la maleza


Publicado: 07 Octubre 2014
Por Silvana Melo
(APe).- El viernes murió Leila. Peladita como en la foto por la agresión química de la terapia. Invadida por la leucemia como por la maleza las hierbas buenas. Porque Leila era una hierba buena, tierna, débil como los gurises de Entre Ríos. Y fue atacada como si fuera maleza. Por la otra agresión química. Por los glifosatos, los endosulfanes, los 2,4-D, inteligentes y selectivos, que no hacen mella de los cultivos atravesados por la transgénesis pero sí emborrachan y matan pájaros, perros, flores. Y niños.
Leila vivía en San Salvador, un pueblo de Entre Ríos con 17 mil habitantes, capital del arroz intrusada por la soja, fumigada brutalmente, con un conteo de muertes por cánceres diversos que la gente enumera por debajo pero pocos se animan a plantar como bandera. Es que los cereales son la fuente de trabajo, directa e indirecta, de la mayoría. En pueblos como San Salvador, si no es el intendente el que tiene campo, es el médico del pueblo. O el presidente de la cooperadora de la escuela. Entonces en las charlas en las que las dirigencias se vieron obligadas a analizar las causas del aumento de los tumores (imposibles de ocultar por más que los funcionarios ofrecieron sus dedos para el eclipse del sol) se habló de los peligros del cigarrillo.
Pero el viernes murió Leila. Que no alcanzó a cumplir quince porque los venenos le arrebataron la fiesta y los onces de diciembre en los que tenía planeado celebrar.
Durante mucho tiempo el 629 de la calle 1º de Mayo estuvo vacío. Leila Derudder estaba en el Garrahan y toda su familia le hacía el aguante turnándose. En los alrededores de su casa, el cáncer es un vecino más. Cada uno tiene su historia, que es extra-oficial. Hormiguea por las calles, pero no por los despachos oficiales. Las esquinas manejan sus propios certificados de muerte (tumores, leucemias) y desmienten a los de defunción de los hospitales (paro cardiorrespiratorio).
Andrea Kloster es una de las vecinas de Leila. Organiza eventos pero cada vez la contratan menos. Lo admitió en el Aula D del Garrahan, el miércoles 1, cuando el espacio se colmó para escuchar a Darío Gianfelici, médico rural de Entre Ríos. Que relató detalladamente las consecuencias de las fumigaciones sobre los seres vivos. Especialmente sobre los niños. Que se envenenan con menos cantidad de plaguicidas que los adultos. Porque el sistema inmunológico no está completamente desarrollado. Porque el hígado humano no tiene la capacidad de descomponer plaguicidas. Porque aman el juego, se llenan los pies de barro y chapotean en los charcos a la vera de los sembrados. Dice Gianfelici: “Los chicos siempre van atrás del mosquito (avión fumigador) porque como los pájaros quedan atontados por el veneno los pueden agarrar con la mano”.
San Salvador tiene 17 mil habitantes. Andrea Kloster apareció en ese pequeño recinto, apenas un punto en la inmensidad del Garrahan. Donde la enfermera Mercedes Méndez resiste a los molinos de viento sistémicos y logra reunir a unos cuantos profesionales que comienzan a admitir que a sus manos llegan niños fumigados desde ciertas provincias. Y que los ven morir estragados por los tumores.
“Hace un año empezamos a darnos cuenta de cómo se morían nuestros vecinos”, dijo Andrea. “No se diagnostican los casos. Alrededor del pueblo hay cincuenta industrias. Usan el cauce del arroyito para lavar las fumigadoras. No hay pescado, sapos ni pajaritos”.
Si no navegara en aguas de tragedia, la historia de la subdiagnosticación tendría ribetes bizarros. A Leila “le dolían los huesos. En el hospital de San Salvador le dijeron que era dolor de crecimiento. En Paraná la mandaron urgente a Buenos Aires”. Como el caso de Carla, citado por Luna Lovegood en el diario digital Conectate Paraná: “Carlita empezó a caminar torcido y un traumatólogo le dijo que no tenía nada. Gritaba del dolor de cabeza y le daban analgésicos. Le salieron manchas en la piel y le dieron pomada para hongos. Tuvo arcadas y vómitos y le diagnosticaron desde bulimia hasta gastritis severa. Se le empezaron a caer las uñas, como si tuviera los dedos infectados y podridos, y decían que era por ponérselos en la boca”. En el mismo rumbo de la charla sobre cáncer producido por agrotóxicos en los que se terminó hablando de los peligros del tabaco.
El pueblo está rodeado de sembradíos. El arroz que le concedió el título de capital, está cada vez más arrinconado por la soja. Cayó en un 30 por ciento en los últimos dos años. Resisten 8.000 hectáreas de arroz contra más de 30.000 de soja. Los padres de niños muertos dejan de tener miedo a las cosas del mundo. Nada peor puede pasarles y van al frente. Suelen ser la infantería de todas las luchas. “Estamos rodeados de fumigaciones”, dicen. Entre las casas se intercalan los silos, obesos de arroz fumigado. Y el pueblo queda como “un pozo lleno de polvo de cereal y pesticidas”. Los vecinos hacen cuentas: dicen que la mitad de sus muertos entre 2013 y 2014 tenían cáncer. El promedio país oscila entre el 18 y el 20%.
El Grupo de Genética y Mutagénesis Ambiental (GEMA) de la Universidad Nacional de Río Cuarto, después de ocho años de estudio, determinó que “los agroquímicos generan daño genético y conllevan mayores probabilidades de contraer cáncer, sufrir abortos espontáneos y nacimientos con malformaciones. (…) Confirmaron con estudios en personas y animales las consecuencias sanitarias del modelo agropecuario. Glifosato, endosulfan, atrazina, cipermetrina y clorpirifós son algunos de los agroquímicos perjudiciales” (Página 12, 6/10/14).
En soledad casi aterradora (lo acompañan Daniel Verzeñassi en Rosario y Medardo Avila en Córdoba) el doctor Gianfelici fatigaba el miércoles las imágenes de un proyector en un reducto aislado del Garrahan. “Se nos presenta un niño con intoxicación aguda, diarrea, vómitos, dolor. Con medicación se le pasa. A los diez años el mismo niño aparece con leucemia”.
Mientras Andrea Kloster relataba la especialidad de la Directora de Epidemiología de Entre Ríos (es veterinaria), una médica lloraba conmovida por Leila. “La estoy atendiendo y se va a morir hoy”, decía entre espasmos. Resistió apenas dos días más. Gianfelici explicaba entonces por qué los médicos prefieren diagnosticar en divorcio con los agroquímicos. “El médico llega al pueblo con su familia. Tiene un crecimiento profesional y económico y qué hace… compra campo”. Pero también “sus pacientes dejan de ir si denuncia la fuente de trabajo”. Y si se trata de escuelas fumigadas (existe una amplia acción de AGMER para alejar la deriva envenenada de las escuelas) “cómo hace el docente si el presidente de la cooperadora es el dueño del campo de al lado”.
Esa incomodidad estructural se vivió el día en que, con el doctor Daniel Verzeñassi presente, la gente hablaba de los químicos y el intendente, del cigarrillo. “Levante la mano quién ha tenido o tiene cercano un familiar o amigo con cáncer, infertilidad masculina, aborto espontáneo, problema tiroideo, leucemia, linfoma, tumores, malformaciones de bebés”. Nueve de cada diez levantaron la mano.
En su último artículo antes de morir, el biólogo molecular Andrés Carrasco (condenado al escarnio y la soledad por el poder económico, científico y político) aseguró que “el negocio global de alimentos agota recursos no renovables por cuenta y necesidad de un modelo depredador que necesita el control de toda la cadena para ejercer hegemonía y asegurar la rentabilidad. Es un sistema de saqueo e iniquidad que no contempla el bien común o la felicidad del pueblo, que destruye vida, naturaleza y autonomía y que genera más hambre y exclusión”.
Leila murió el viernes. Tenía 14 años y una sonrisa de dientes separados y picardía. Y creció rodeada de la soja y el arroz, respirando y embebiéndose de la deriva. Pocos años atrás murieron José Rivero y Nicolás Arévalo, víctimas de los tomatales de Lavalle. Y de la tierra húmeda de venenos sobre la que corrían descalzos y se revolcaban en los veranos correntinos.
Son muchos más. Innumerables los nombres.
Aunque Leila, José y Nicolás se hayan vuelto íconos vaya a saber por qué. Tan bellos y niños. Tan arrancados de cuajo como la maleza.

Edición: 2789
 http://www.pelotadetrapo.org.ar/leila,-arrancada-como-la-maleza.html

domingo, 24 de agosto de 2014

FRAGANCIAS: se confirma que uno de sus ingredientes, usado en una amplia variedad de productos, puede causar cáncer (National Academy of Sciences)




Añadir "fragancias" a todo: un lucrativo negocio creado por los laboratorios y el marketing publicitario de la industria cosmética. La opacidad en sus ingredientes es amparada por la legislación de todo país

PANEL DE EXPERTOS CONFIRMA QUE UN INGREDIENTE DE LA FRAGANCIA PUEDE CAUSAR CÁNCER



El pasado mes (28 de julio) un comité reunido por la Academia Nacional de Ciencias (National Academy of Sciences) confirmó el resultado de un grupo federal interagencial acerca de que el estireno, un componente químico utilizado para fabricar una amplia variedad de productos de uso diario, puede causar cáncer.

En términos formales, el informe emitido por el National Research Council de la Academia apoyó el hallazgo de 2011 del National Toxicology Program –un trabajo común de científicos de varias agencias del gobierno– de que el estireno es "razonablemente previsible que sea un carcinógeno humano".

El comité encontró "evidencia convincente" de esta conclusión. Es más, comentó que algunos estudios conformarían "un argumento sólido [para] clasificar... el estireno como conocido carcinógeno humano" (cursiva en el original). Esta es una calificación incluso más definitiva: señala una sustancia peligrosa que debe ser controlada estrictamente.

La cobertura informativa se centró en gran medida en los vasos desechables y en algunos envases de alimentos compuestos de poliestireno, una sustancia formada por cadenas largas de moléculas de estireno unidas entre sí. El poliestireno contiene pequeñas cantidades de estireno en sí mismo.

El estireno además aparece en el tubo de escape de los automóviles, el humo de los cigarrillos y -usted es posible que se sorprenda al saberlo- podría estar oculto en los diversos aerosoles y líquidos que usted encontrará en los pasillos de cosmética y limpieza de su supermercado. Esto es porque se trata de un ingrediente permitido en las fragancias que se añaden a una amplia variedad de productos de consumo.

¿Qué fragancias? ¿Qué productos? A menos que se tenga un cromatógrafo de gases o espectrómetro de masas, no lo sabrá.

Aunque todos los demás ingredientes de tu brillo de labios, gel de baño y otros productos cosméticos perfumados deban declararse en la etiqueta con su nombre específico, el llamado "vacío legal de las fragancias" en la ley federal de etiquetado supone que los ingredientes añadidos para proporcionar un olor agradable, o para enmascarar uno malo, sólo necesitan indicarse bajo el término genérico de "fragancia". Sólo sabemos que el estireno es posible que sea un ingrediente en cualquier fragancia porque la International Fragrance Association, un grupo comercial de la industria, publica una "Lista de transparencia" online de ingredientes que los perfumistas dicen que usan en las fórmulas de los productos de consumo. El estireno es uno de los 3000 ingredientes diferentes de la lista.

Además de la colonia y de otros productos de cuidado personal, las fragancias también se utilizan para perfumar los productos para el cuidado del hogar tal como el lavavajillas y el detergente para la ropa. Cuando usted suma el número de productos en sus armarios de baño y debajo del fregadero de su cocina que contienen "fragancia" -y pueden contener estireno- el total de exposiciones a una sustancia que hoy sabemos que es "razonablemente previsible que sea un carcinógeno humano" podrían ser muchas.

En este momento, la única manera de mantenerse alejado del estireno de los productos de cuidado personal es evitar el uso de cualquier cosa que diga que contiene "fragancia" pero no liste de forma individual los componentes del perfume. Esto es debido a que la Food and Drug Administration federal no tiene la autoridad o recursos para evaluar la seguridad de los ingredientes peligrosos como el estireno, y responder en consecuencia. Se necesitará una reforma de la ley federal que se ha retrasado mucho para garantizar que estos productos contienen sólo ingredientes seguros.

Nosotros en el EWG creemos que los productos de cuidado personal nunca deben contener ingredientes innecesarios que pueden causar cáncer. Esta noticia es sólo una razón más de que necesitamos reformar la obsoleta regulación de la ley federal de estos productos para que realmente proteja a los consumidores de la exposición a sustancias peligrosas como el estireno.

Fuente: Expert confirms that fragance ingredient can cause cancer (Environmental Working Group –EWG–. 7/08/14)

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Nota de prensa: “Styrene reasonably anticipated to be a human carcinogen, new report confirms” (The National Academies –National Academy of Sciences,