sábado, 17 de mayo de 2014

Lo que se ve es apabullante, lo que no se ve, ¿aterrador?

El crecimiento de basurales en los arroyos y el desparramo de químicos en la industria y el agro están deteriorando en forma abrupta las fuentes de agua potable, y asechan a los embriones.



tfiorotto@unoentrerios.com.ar
Terminamos ayer de redactar esta columna, y nos enteramos de la muerte del gran argentino Andrés Carrasco, que mencionábamos aquí como referente principal en el conocimiento sobre los efectos negativos del riego de químicos sobre la vida.
El investigador del Conicet, experto en embriones, despertó la conciencia en muchos. Sus visitas a Paraná y otras ciudades de la región tuvieron gran eco entre los defensores del ambiente y la vida.
Diario UNO publicó sus palabras una y otra vez, en reconocimiento a los méritos de un científico y a la valentía de un criollo redondo, que supo hacer frente a los poderosos.
Uno de los títulos que publicamos, “El glifosato causa monstruos sostuvo Carrasco en Paraná”, daba cuenta de los fundamentos de un científico que desafió el sistema de producción más extendido, y a los gobiernos. ¿Qué había dicho? Que el producto químico más usado en Entre Ríos para batir récord sobre récord de producción granaría es teratógeno, es decir, provoca malformaciones. Genera monstruos.
En homenaje a este patriota, continuamos con nuestra columna sobre la salud ambiental, que empieza por la visita a un arroyito cercano a la capital entrerriana.
Arroyo y basural
Lo que está a la vista es el basural, donde hasta ayer corría un hilo cristalino de agua. Lo que no alcanzamos con nuestros ojos está allí, también, en el agua, en el aire, en las hojas, y más abajo, en las napas que constituyen una reserva inapreciable para la vida.
La convergencia de varios factores ligados al alto consumo, la enorme cantidad de desechos, los efluentes industriales y el uso de químicos para la producción agraria a escala (dominada por pooles financieros); y esa sinergia además entre los principios activos de los químicos y otras sustancias llamadas “inertes” que van juntas en la aplicación, ya constituyen un problema que alarma a los expertos.
Todo eso en Entre Ríos, y con un plus: el éxodo. La mayor producción y el mayor deterioro ambiental están ligados en nuestra provincia a la expulsión de habitantes.
El destierro de los entrerrianos, un flagelo que lleva 100 años, persiste incluso en pleno siglo XXI, y en etapas de buen precio internacional de la producción de este suelo.
Si a eso le sumamos la promesa de establecer en este territorio la explotación gasífera por métodos no convencionales, es decir, la fractura hidráulica, el fracking, entonces el futuro aparece nublado y tormentoso.
Nublado, porque desmejora, y tormentoso porque Entre Ríos tiene una red de organizaciones sociales y ambientales dispuestas a estudiar y resistir, por ahora con resultados dispares.
Lo que no deja de sorprender, ante la magnitud del problema ambiental generado por el llamado “progreso”, es la mirada pasiva y hasta cómplice de corporaciones, partidos, funcionarios, profesionales, economistas, universidades, medios masivos, con muy pocas y honrosas excepciones.
Limpia y sucia
Villa Libertador San Martín, con sus centros de salud y educación, es una ciudad distinta en Entre Ríos. Resulta llamativa, por ejemplo, la altísima presencia de extranjeros. Muchos brasileños, paraguayos, peruanos, centroamericanos.
Cualquiera que recorra esta bella ciudad del departamento Diamante podrá observar con agrado su notable organización, su limpieza.
Sin embargo, apenas recorra unas cuadras hasta el arroyito cercano, afluente del Arroyo de la Ensenada (ese del conglomerado osífero, con riquezas paleontológicas admirables), experimentará un gran desencanto.
La mugre de ese arroyo es proverbial. Bolsas de nylon, cubiertas de automóviles, cocinas viejas, tarros, todo tipo de basura hasta en las copas de los árboles, depositada en los días de crecientes. De seguir a este ritmo, nosotros sumaremos nuestros huesos al conglomerado.
Los entrerrianos que habitan Paraná dan fe de cosas peores aún en los arroyos de la capital. Las Tunas, Colorado, La Santiagueña, en fin, corrientes milenarias de agua limpia y biodiversidad, convertidas en basurales a cielo abierto que, en algunos casos, además de destruir el paisaje, el hogar de muchos, contaminan hasta más de 50 metros bajo el suelo, es decir: inutilizan las napas de agua potable.
Lo mismo podría apuntarse de segmentos del río Gualeguay, por caso, y numerosos arroyos de la provincia, donde los vecinos que lograron en el mejor de los casos algún plan de monitoreo no pueden acceder a la información del estado, y observan que la contaminación avanza en progresión geométrica.
(Con el ingrediente irrisorio de que algunas de las plantas que más contaminan se llaman “soluciones ambientales”).
Lo que está a la vista, como en el arroyito que decíamos cerca de Puigari y Villa Libertador, es apabullante. ¿Y lo que no está a la vista?
Monsanto en la picota
La empresa Monsanto está en el banquillo. Los gobiernos y las corporaciones la sostienen, parecen sus socios. Pero las organizaciones ambientales de Entre Ríos, la Argentina y el mundo entero han confluido en una lucha común contra esta multinacional, que controla el sistema agrario con sus semillas transgénicas patentadas y sus herbicidas.
Los vecinos de Malvinas Argentinas, cerca de la capital de Córdoba, lograron frenar una planta enorme de transgénicos, que apoyaban dirigentes peronistas y radicales por igual.
Este sábado 24 de mayo se realizará una jornada mundial de lucha contra Monsanto. En Entre Ríos se adelantará un día. El viernes 23 habrá distintas actividades de estudio, esclarecimiento y difusión sobre los agronegocios que sirven al sistema Monsanto.
Todos los partidos políticos mayoritarios, sin excepción, convalidan de una u otra manera el sistema. La noticia es, en cambio, la fuerza vital de las organizaciones sociales y ambientales interconectadas.
Claro que las luchas contra el Paraná Medio en Paraná, primero, y luego contra las pasteras en Gualeguaychú y otras ciudades, por ejemplo, generaron o alimentaron una conciencia ambiental histórica en todo el territorio provincial y más allá. Eso explica, también, que casi una veintena de localidades haya manifestado ya, mediante normas votadas en los concejos deliberantes, su oposición a la fractura hidráulica. Un mérito del Movimiento Entre Ríos Libre de Fracking y otras organizaciones similares.
Pero esta conciencia sobre temas vinculados a la producción y sus métodos, la economía sustentable, los orgánicos, los transgénicos, la energía renovable, la alimentación sana y en cercanía, el cuidado de la naturaleza y principalmente el agua, todo ello, no ha logrado revertir aún el proceso de deterioro agudo del ambiente.
Las napas subterráneas
El bioquímico Sergio Daniel Verzeñassi manifestó en dos reuniones ambientales realizadas en la sede de AGMER Paraná su inquietud por la incidencia de los químicos usados a escala por el agro sobre los acuíferos.
Sus palabras, en tono alarmante, llevaron a las organizaciones ecologistas a reclamar a los organismos del estado un mapa de las zonas de recarga de los acuíferos. Y el mapa no está.
Para este profesional del Foro Ecologista de Paraná, la composición de los herbicidas e insecticidas permite el paso de las arenas e incluso de las zonas arcillosas, de manera que, más temprano que tarde, los químicos se registrarán en el agua que bebemos los entrerrianos: las plantas y los animales, y entre ellos los humanos.
Las prevenciones de Verzeñassi y otros expertos entrerrianos tienen su correlato en la otra banda del río Uruguay.
Según publicaciones de la organización RAPAL, de la República Oriental del Uruguay, la estudiosa María Isabel Cárcamo llamó la atención sobre “un grave problema de reciente aparición que afecta severamente a todas las poblaciones que beben agua extraída, aunque este potabilizada, de napas localizadas en zonas de explotación agrícola”.
La investigación, divulgada por Cárcamo, señala que el envenenamiento se da por diversas vías, y enumera: 1-Los agrotóxicos pueden entrar en aguas superficiales y subterráneas principalmente como escurrimiento de los cultivos tanto agrícolas como forestales. 2-La lluvia puede llevar agrotóxicos disueltos a través del suelo y ser arrastrados hacia aguas subterráneas. 3-Agrotóxicos almacenados inadecuadamente pueden contaminar el suelo y estos llegar hasta almacenamientos de agua potable, este puede ser un caso típico de contaminación de pozos. 4-Derrame de un agrotóxico cerca de un pozo; los niveles de contaminación en el agua pueden llegar a niveles lo suficientemente altos para causar inmediatamente problemas en la salud. 5-Algunos agrotóxicos no se descomponen fácilmente en agua y puede permanecer en el agua subterránea durante un largo período”.
La nota de RAPAL apunta que estas advertencias sirven para departamentos del Uruguay, y lo mismo podría decirse de los departamentos entrerrianos.
Agrega Cárcamo: “Si bien antes se pensaba que el suelo actuaba como un filtro de protección e impedía que los agrotóxicos llegasen a las aguas subterráneas, innumerables estudios han demostrado que el agua puede contaminarse”.
Panorama provincial
Esta voz de alerta es grave. Entre Ríos tiene todos sus departamentos expuestos a los químicos, de manera que no hay ya zona de realimentación de los acuíferos libre de agrotóxicos.
Entonces, la pregunta se suelta sola, ¿quién puede asegurar que en cinco, 10 o 20 años de exposición, los acuíferos no estarán envenenados?
La sinergia
La advertencia sobre la contaminación de agua superficial y profunda se suma a las denuncias de científicos argentinos y de otros países sobre el efecto nocivo de los químicos del agro en los embriones.
Los casos mostrados por Andrés Carrasco (fallecido ayer) y el entrerriano Rafael Lajmanovich son, de por sí, inquietantes, porque demuestran la incidencia nociva de los agroquímicos sobre embriones, al punto de convertir a los animalitos en monstruos.
Como si fuera poco, científicos extranjeros han señalado los efectos negativos de los transgénicos sobre la salud. De modo que el sistema de químicos y transgénicos resulta ya un cóctel que debe investigarse, y sobre el cual debieran actuar las leyes que exigen la prevención, que garantizan los principios precautorios, en una provincia como Entre Ríos donde los transgénicos y agroquímicos inundaron el territorio y se hicieron dueños en sólo dos décadas.
En suma: la amenaza de fracking que, de hacerse efectiva, podría poner en riesgo los acuíferos con sus explosiones subterráneas; los anuncios de nuevos represamientos (en el Paraná y el Uruguay); la persistencia de los agronegocios, la petróleo dependencia, los efluentes industriales no tratados, los basurales en los arroyos, la posibilidad de nuevas leyes que garanticen el uso de transgénicos patentados y el pago de regalías a las multinacionales, y por consiguiente el riego con herbicidas e insecticidas que las mismas multinacionales proveen; más la presencia de industrias sucias a la vera de ríos y arroyos (UPM-Botnia es un ejemplo); todo eso junto a las noticias que nos dan los censos de población que demuestran la continuidad del sistema expulsor de familias entrerrianas, constituye un nudo que la dirigencia regional no ha podido desatar aún. Y que en muchos casos ayuda a enredar.
El panorama es incierto, pero los conocimientos que nos deja Carrasco y su actitud nos llenan de fuerza.

Andres Carrasco: Case Study of Glyphosate Roundup



Andres Carrasco, MD, is head of the Molecular Embryology Laboratory at University of Buenos Aires (UBA) and chief scientist at the National Council for Science and Technology (CONICET), Argentina.
The Carrasco laboratory investigates glyphosate/Roundup herbicide and birth defects
Carrasco's findings gave scientific credibility to reports of people in Argentina who claimed escalating rates of birth defects and cancers after the introduction of genetically modified soy, which is engineered to tolerate being sprayed with huge amounts of glyphosate.
In June 2011, Earth Open Source published a report by a group of international scientists, "Roundup and birth defects: Is the public being kept in the dark?" which examined the original approval documents for glyphosate and found that industry's own studies from as long ago as the 1980s-1990s (including some commissioned by Monsanto) showed that glyphosate causes birth defects in laboratory animals, specifically rabbits and rats.

Los hallazgos de Carrasco dieron credibilidad científica a los informes de personas en Argentina que afirmaba crecientes tasas de defectos de nacimiento y cáncer después de la introducción de la soja genéticamente modificada, diseñada para tolerar ser rociado con enormes cantidades de glifosato. 

Ecos de Romang
Bs As -Argentina

Fallece el científico argentino que desafió a Monsanto

Andrés Carrasco

Hace pocos días falleció, a los 67 años de edad, Andrés Carrasco. Era uno de los pilares de una encarnizada lucha contra los planes de una de las grandes multinacionales de la agroquímica. Una clásica lucha de David contra Goliat que tenía por escenario los campos de Sudamérica a cuento de los cultivos de soja transgénica de Monsanto atiborrados de los pesticidas de la misma multinacional.
Nuestro "David", el doctor Carrasco, era paladín de una Ciencia cuyas evidencias tantas veces no quieren ser escuchadas por los gobiernos cuando los datos objetivos ponen en cuestión los beneficios económicos de algunas grandes compañías.
En el caso de Argentina, donde la complicidad gubernamental con los intereses de Monsanto alcanza niveles verdaderamente ruborizantes (como puede verse si uno echa mano de Youtube para ver a la propia Cristina Fernández de Kirchner acarameladísima con la multinacional americana en diversos actos públicos), ser un científico así, un científico que apuesta porque la Ciencia sirva para proteger la salud de las personas puede tener un precio.
Para el doctor Andrés Carrasco  lo tuvo. Pero, evidentemente, él lo pagó a gusto, aunque no sin poco cabreo. Ya que era un hombre de carácter, como pude percibir la vez que tuve el honor de conocerle, si bien de forma atropellada, como tantas veces hacemos los periodistas, hace como un par de años, cuando pasó por Madrid con motivo de un congreso de salud ambiental organizado por la Fundación Vivo Sano.
Nos habló acerca de los millones de litros de pesticidas que se estaban usando en la soja de Argentina, los casos de cáncer, las malformaciones,... Había cruzado el Atlántico para divulgar aquí también los problemas que se padecían en su país, como tantas otras veces, antes y después de aquello, hasta el momento de su muerte, había hecho. No paraba.
Era biólogo molecular de la Universidad de Buenos Aires donde presidió el laboratorio de embriologia, y llegó a presidir también nada menos que el Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET ) . Contaba en su haber muchas investigaciones, especialmente sobre desarrollo embrionario de los vertebrados. Pero el estudio que le hizo más célebre, y a la vez el más molesto para ciertos intereses económico-políticos en su país y fuera de él  fué la investigación que publicó en el año 2010 sobre el glifosato, el herbicida estrella de la multinacional Monsanto, el veneno mata hierbas más vendido del planeta.
Descubrió que el herbicida que había llegado a presentarse incluso como "beneficioso para el medio ambiente" era devastador para los embriones de los anfibios. Y el problema era que lo que se veía en las ranas podía tener también implicaciones en humanos.
De hecho,  lo que hizo que Carrasco se interesase por la sustancia fue el haber sabido de los incrementos de defectos de nacimiento en una serie de comunidades agrícolas después de que se produjese la gran expansión de los cultivos de soja transgénica resistente al glifosato y, por lo tanto, generosamente regados con la sustancia.
Curiosamente, los tipos de defectos que se daban en los anfibios expuestos a niveles bajísimos del glifosato eran muy similares a los que se veían en las personas. Según parece, el glifosato podría afectar a los niveles de ácido retinoico, una sustancia que actúa como mensajero celular haciendo que , entre otras cosas, se expresen los genes relacionados con la formación de los órganos y extremidades. Unos mecanismos básicos compartidos por vertebrados como ranas y humanos. Además, el ácido retinoico puede tener un papel importante, también, en la defensa del organismo frente al cáncer y otros problemas.
Los movimientos sociales que habían ido creándose ante los estragos sanitarios -cánceres, malformaciones,...- que se veían en las enormes extensiones de soja transgénica, vieron un apoyo a lo que mostraban los estudios del investigador. Y este, además, decidió convertirse en un firme aliado de ésos movimientos y dedicó una enorme cantidad de tiempo a apoyar a todas las personas que se resistían a las fumigaciones. Estaba profundamente impactado por el sufrimiento humano que se estaba dando, como el de las madres del barrio Ituzaingó de la ciudad de Córdoba.
El doctor insistía una y otra vez en que cuando un científico descubre algo que puede causar impacto en la salud pública tiene la obligación de denunciarlo, y no sólo de publicarlo en una revista técnica dirigida a públicos restringidos y donde bien puede ser que no sirva de mucho.
Pronto comenzó a recibir amenazas, intentos de desacreditarle y toda la retahíla acostumbrada, incluídas campañas contra él desarrolladas por importantes diarios de aquella nación. No en balde, el agro-negocio químico -singularmente el de Monsanto- no es cualquier cosa en Argentina, sino algo de unas proporciones enormes y con muchos tentáculos. Incluso en la propia entidad que en tiempos presidió, el CONICET.
 El propio Ministro de Ciencia de Argentina llegó a denunciarle ante un comité de ética científica. Como si fuese una falta de "ética" que un científico hiciese algo, basado en sus investigaciones, por defender la salud de las personas en lugar de callarse para no molestar a ciertos negocios. El escándalo que se produjo cuando se supo la maniobra hizo que la cosa no quedara en nada. Pero es que Andrés Carrasco llegó a aparecer incluso en los documentos de Wikileaks, gracias a los cuales se supo que fué investigado desde la embajada americana que hacia lobby a favor de Monsanto.
Una de las consecuencias que pudo pagar por su labor fue el bloqueo de una promoción que había solicitado como investigador. Se denunció que en el tribunal que se lo denegó había personajes pintorescos incluido alguno ligado a los agronegocios.
Se le bloqueó algo harto merecido. Pero uno siempre puede preguntarse y más ahora que ha muerto, de qué le habría servido si hubiése tenido que pagarlo con un silencio ominoso acerca de algo que podía estar causado estragos en la salud de muchas personas humildes. Al fin y al cabo, son cosas que no sirven de nada cuando uno deja este mundo, pero si uno deja este mundo habiendo intentado hacer algo en favor de la Vida, como quería él en su particular cruzada contra un biocida es, de algún modo, como si hubiese muerto menos.
Ha querido la providencia que, más o menos, venga a coincidir la muerte de este científico argentino, con el 50 aniversario de la muerte de una persona que marcó un hito en el inicio de la misma lucha: la científica norteamericana Rachel Carson que con su libro Primavera silenciosa alertó, allá por los años 60, del peligro de los pesticidas para la naturaleza y la salud humana.
En uno de sus escritos la científica dijo que "sentía la solemne obligación de hacer lo que pudiera". Sin duda lo mismo que debía sentir Andrés Carrasco al bajar para ayudar a las personas de ésa torre de marfil, tan cómoda, en la que se refugian tantos científicos (o más bien, a veces,  "científicos", cuando se trata de la pseudociencia mercenaria que no tiene empacho en difundir estudios falsos para amparar los intereses de quienes les pagan).
En el transcurso de sus investigaciones , Andrés Carrasco había descubierto los peligros inherentes al pesticida y, llegado un momento, vió que no le cabía otra que actuar.
Al parecer, según se cuenta,  estaba pescando solo, en plena naturaleza, y en medio de ésa soledad, cuando escuchó como un grito en su interior, la voz de su conciencia, que le hizo decir, "tengo que hacer algo". Y así fue cuando no solo  publicaría los resultados en una revista científica, sino también se puso en contacto con periodistas para asegurarse de que ésos conocimientos llegasen a la población y se hiciese algo, de verdad, en favor de la salud.
El científico insistía en la necesidad de que se reevaluase la toxicidad del glifosato, veneno amparado hoy por unas instancias oficiales que suelen tener más en cuenta los estudios realizados por la propia industria, y frecuentemente secretos, que los que publican muchos investigadores en revistas científicas de referencia.
Que en paz descanse el doctor Carrasco porque en paz merece estar quien supo dedicar sus últimos años a estar con los que sufren.

sábado, 10 de mayo de 2014

Andrés Carrasco, científico y militante: gracias

Falleció Andrés Carrasco, el científico que confirmó los efectos devastadores del glifosato, acompañó con su investigación a los pueblos fumigados y cuestionó que la ciencia esté al servicio de las corporaciones. Incluimos la última entrevista que brindó y además “¿La felicidad puede ser un tema político? Pistas para bajarse de la globalización”, la entrevista que transmitió Decí Mu
Andres Carrasco
En una de sus visitas a nuestra Cátedra Autónoma de Comunicación Social, el científico Andrés Carrasco contó cómo decidió divulgar su investigación sobre los efectos letales del glifosato.: estaba en el sur, pescando, solo, disfrutando la belleza de esa postal natural, sabía que lo que había comprobado era esencial y sintió que el perfecto silencio que lo rodeaba era un grito inmenso. “Hacé algo”. Para hacerlo solo necesitaba encontrar “un periodista serio y decente”. Y llamó, desde ahí mismo, a Darío Aranda. Él es quien lo despide en estas líneas que eligió publicar en lavaca. Doble honor, que nos obliga y compromete aún más a seguir siendo dignos de ello y de ellos.
Por Darío Aranda.
“Soy investigador del Conicet y estudié el impacto del glifosato en embriones. Quisiera que vea el trabajo”.
Fue lo primero que se escuchó del otro lado del teléfono.
Era 2009 y aún estaba latente el conflicto por la Resolución N°125. Página12 había dado amplia cobertura a las consecuencias del modelo agropecuario y este periodista había escrito sobre los efectos las fumigaciones con agroquímicos.
El llamado generó desconfianza. No conocía al interlocutor. ¿Por qué me llamaba?
El científico avanzó en la presentación. “Mi nombre es Andrés Carrasco, fui presidente del Conicet y soy jefe del Laboratorio de Embriología de la UBA. Le dejo mis datos”.
Nunca había escuchado su nombre. Nunca había escrito sobre científicos y el Conicet me sonaba como un sello.
Llamados al diario y preguntas a colegas. Todos confirmaron que era un científico reconocido, treinta años de carrera, con descubrimientos muy importantes en la década del 80 y trabajo constante en los 90, cuando se enfrentó al menemismo.
Hice la nota.
Su investigación fue la tapa del diario, (abril de 2009). La noticia: el glifosato, el químico pilar del modelo sojero, era devastador en embriones anfibios. Nada volvió a ser igual. Organizaciones sociales, campesinos, familias fumigadas y activistas tomaron el trabajo e Carrasco como una prueba de lo que vivían en el territorio.
“No descubrí nada nuevo. Digo lo mismo que las familias que son fumigadas, sólo que lo confirmé en un laboratorio”, solía decir él. Y comenzó a ser invitado a cuanto encuentro había. Desde universidades y congresos científicos, hasta encuentros de asambleas socioambientales y escuelas fumigadas. Intentaba ir a todos lados, restando tiempo al laboratorio y a su familia.
También ganó muchos enemigos. Los primeros que le salieron al cruce: las empresas de agroquímicos. Abogados de Casafe (reúne a las grandes corporaciones del agro) llegaron hasta su laboratorio en la Facultad de Medicina y lo patotearon. Comenzó a recibir llamadas anónimas amenazantes. Y también lo desacreditó el ministro de Ciencia, Lino Barañao. Lo hizo, nada menos, que en el programa de Héctor Huergo, jefe de Clarín Rural y lobbysta de las empresas.
Barañao desacreditó el trabajo y defendió al glifosato (y al modelo agropecuario). Y no dejó de hacerlo en cuanto micrófono se acercara. Incluso cuestionó el trabajo de Carrasco en encuentros de Aapresid (empresarios del agro) y, sobre todo, en el Conicet.
Carrasco no se callaba: “Creen que pueden ensuciar fácilmente treinta años de carrera. Son hipócritas, cipayos de las corporaciones, pero tienen miedo. Saben que no pueden tapar el sol con la mano. Hay pruebas científicas y, sobre todo, hay centenares de pueblos que son la prueba viva de la emergencia sanitaria”.
Los diarios Clarín y La Nación lanzaron una campaña en su contra. No podían permitir que un reconocido científico cuestionara el agronegocio. Llegaron a decir que la investigación no existía y que era una operación del gobierno para prohibir el glifosato, una represalia por la fallida 125. Carrasco se enojaba. “Si hay alguien que no quiere tocar el modelo sojero es el gobierno”, resumió café mediante en el microcentro porteño. Pero Carrasco era funcionario del gobierno: Secretario de Ciencia en el Ministerio de Defensa. Le pidieron que bajase el tono de las críticas al glifosato y al modelo agropecuario. No lo hizo. Renunció.
 
Carrasco en la Mu de marzo 2014

El silencio no es salud

Empresas, funcionarios y científicos lo habían acusado de no publicar su trabajo de glifosato en una revista científica, sino en un diario. Se reía y retrucaba: “No existe razón de Estado ni intereses económicos de las corporaciones que justifiquen el silencio cuando se trata de la salud pública. Hay que dejarlo claro, cuando se tiene un dato que sólo le interesa a un círculo pequeño, se lo pueden guardar hasta tener ajustado hasta el más mínimo detalle y, luego, se lo canaliza por medios que sólo llegan a ese pequeño círculo. Pero cuando uno demuestra hechos que pueden tener impacto en la salud pública, es obligación darle una difusión urgente y masiva”.
Era calentón Carrasco. Se enojaba, discutía a muerte, pero luego tiraba algún comentario para distender.
Nos solíamos ver en un café antiguo cerca de Constitución. Él era habitué. Charlaba con las mozas y debatía de política con el dueño.
Café mediante, le pregunté por qué se metió en semejante baile. Ya era un científico reconocido en su ámbito y no necesitaba dar prueba de nada. Tenía mucho por perder en el mundo científico actual. Me explicó que lo había conmovido el sufrimiento de las Madres del Barrio Ituzaingó de Córdoba. Y que no podía permanecer indiferente. También lamentó que el Conicet estuviera al servicio de las corporaciones. Denunció acuerdos (incluso premios) entre Monsanto y Barrick Gold con el Conicet. Se indignaba. “La gente sufre y los científicos se vuelven empresarios o socios de multinacionales”, disparaba.

Ética

En 4 de mayo de 2009, el ministro Barañao envió un correo electrónico a Otilia Vainstok, coordinadora del Comité Nacional de Ética en la Ciencia y Tecnología (Cecte). En un hecho sin precedentes, Barañao aportaba bibliografía de Monsanto y pedía que evalúen a Carrasco. Nunca había pasado algo similar. La mayor autoridad de ciencia de Argentina pedía una evaluación ética por un investigar que había cuestionado al químico pilar del modelo agropecuario.
Barañao quería la cabeza de Carrasco.
Vainstok envió un correo electrónico el mismo lunes 4 de mayo,,con copia a los nueve integrantes del Comité de Ética. Decía así:
“Estimados colegas, esta tarde he recibido un pedido de que el Cecte considere las expresiones vertidas en artículos periodísticos por Andrés Carrasco con motivo de su investigación de los efectos del glifosato en embriones de anfibios. Adjunto también la bibliografía aportada por Lino Barañao, la entrevista a Carrasco y la entrevista al Ministro Barañao que sacó Clarín”.
El mail se filtró a la prensa. Y Carrasco se enteró de la operación de Barañao y Vainstok. El escándalo hubiera sido enorme. El Comité de Ética reculó y no juzgó a Carrasco, pero el camino estaba marcado.

Los de abajo

En agosto de 2010, en Chaco, estaba por dar una charla, pero empresarios arroceros y punteros políticos intentaron lincharlo. Había concurrido a una escuela de un barrio fumigado, y no pudo hablar. Lo sorprendió la violencia de los defensores del modelo.
Ese mismo agosto, la revista estadounidense Chemical Research in Toxicology (Investigación Química en Toxicología) publicó la investigación de Carrasco. Lo que había sido un pedido-chicana de sus detractores, no sirvió para calmar las críticas. Continuó la difamación de los defensores del agronegocios. Pero fue un triunfo para los pueblos fumigados, las Madres de Ituzaingó y las asambleas en lucha. Y Carrasco comenzó a tejer diálogos con otros investigadores, de bajo perfil. Sentía particularmente respeto y cariño por jóvenes investigadores de Universidad de Río Cuarto y de la Facultad de Ciencias Médica de Rosario. Solía mencionarlos en las charlas y los señalaba como el “futuro digno” de la ciencia argentina.

Otro veneno

Solíamos cruzarnos en encuentros contra el extractivismo. Y periódicamente nos enviábamos correos con información del modelo agropecuario, alguna nueva investigación, viajes suyos a Europa para contar sobre su investigación, el juicio de las Madres de Ituzaingó, la nueva soja aprobada por el gobierno, los nuevos químicos. Un día recibí uno de sus mensajesl. “Hay un nuevo veneno”, fue el asunto de un mail. Alertaba sobre el glufosinato de amonio y lo mencionaba como posible sucesor del glifosato: “El glufosinato en animales se ha revelado con efectos devastadores. En ratones produce convulsiones y muerte celular en el cerebro. Con claros efectos teratogénicos (malformaciones en embriones). Todos indicios de un serio compromiso del desarrollo normal”, precisaba. Y recordaba que la EFSA (Autoridad Europea de Seguridad Alimentaria) detalló en 2005 los peligros del químico para la salud y el ambiente. Destacó que desde 2011 el Ministerio de Agricultura había aprobado diez eventos transgénicos de maíz y soja de las empresas Bayer, Monsanto y Syngenta. Cinco de esas semillas fueron aprobados para utilizar glifosato y glufosinato.

¿Para qué y para quién investigan?

Otra tarde le envíe un correo electrónico contando de investigadores que confirmaron lo mismo que él, pero en sapos (muchas veces llaman los “canarios de la mina” porque pueden anunciar lo que le sucederá a humanos. Los investigadores tenían miedo a hablar, por las posibles represalias. De inmediato me llamó por teléfono. Fue tajante: “No quiero saber quiénes son. Sólo quiero que le preguntes para qué mierda investigan, si para criar sapos o para cuidar al pueblo que subsidia sus investigaciones. Preguntales eso por favor”. Y cortó.
Los investigadores nunca quisieron hablar y difundir masivamente sus trabajos.

Carrasco en Wikileaks

En marzo de 2011 se conoció que la embajada de Estados Unidos lo había investigado y había hecho lobby en favor de Monsanto. Documentos oficiales filtrados por Wikileaks confirmaban el hecho. “No esperaba algo así, aunque sabemos que estas corporaciones operan al más alto nivel, junto a ámbitos científicos que les realizan estudios a pedido, medios de comunicación que les lavan la imagen y sectores políticos que miran para otro lado. Estaban, y están, preocupados. Saben que no pueden esconder la realidad, los casos de cáncer y malformaciones se reiteran en todas las áreas con uso masivo de agrotóxicos”.

El otro Carrasco

En noviembre de 2013 le relaté que en Estación Camps (Entre Ríos) había entrevistado a una mujer que luchaba contra los agroquímicos. Era una trabajadora rural y ama de casa, muy humilde, que había enviudado. Su esposo era peón de campo, vivía rodeado de soja y fue fumigado periódicamente. Comenzó a enfermar, la piel se le desprendía y tuvo graves problemas respiratorios. Murió luego de una larga agonía. La mujer no tenía dudas de que habían sido los agroquímicos que llovían sobre la casa. Y los médicos tampoco tenía dudas, aunque se negaban a ponerlo por escrito. El nombre del trabajador rural víctima de los agroquímicos: Andrés Carrasco.
La viuda había escuchado en la radio sobre el científico homónimo de su marido y el glifosato. Y, entre llantos, contó que le daba fuerzas saber que alguien con el mismo nombre que su esposo estaba luchando contra los químicos que le arrebataron al padre a sus hijos.
Le conté la historia por teléfono. El Carrasco científico se conmovió, no podía seguir hablando. Y confesó que solía arrepentirse de no haber investigado antes sobre el glifosato.
carrasco

La última maniobra

A fin del año pasado me llamó para contarme la última maniobra del Conicet. Había solicitado la promoción a investigador superior y le fue negada. La cuestión iba mucho más allá de la promoción. Lo enojaba el ninguneo de los científicos empresarios y obedientes del poder. Lo habían evaluado dos personas que no conocían nada de su especialidad y otro que es parte de las empresas del agronegocios. Me envió su carta de reclamo al Conicet y relató en detalla la reunión con el Presidente de la Institución. Estaba seguro que era un nuevo pase de factura por lo que comenzó en 2009.
Y le dolía el silencio de académicos que respetaba, incluso de amigos de antaño de las ciencias sociales que le daban la espalda.
Le propuse un artículo periodístico e intentar publicarlo en Página12. Le tenía aprecio al diario, a pesar de que hacía tiempo habían dejado de darle espacio. Le avisé que pondría su versión de los hechos y la del Conicet y de Barañao. Me retruco rápido: “Te van a sacar cagando”.
Lo propuse al diario. Lo rechazaron sin la más mínima explicación. Cuando le avisé la negativa, ni se inmutó. Dijo que era previsible. “En estos años tuve un curso acelerado de lo que son los medios de comunicación”, resumió. Le respondí que estos años había aprendido que el Conicet no era para nada impoluto y que había demasiadas miserias en el mundo científico.
Reímos juntos.
Y me chicaneaba y recordaba que ahora éramos colegas. Tenía un programa en FM La Tribu donde nadie lo censuraba y daba gran protagonismo a las asambleas y organizaciones en lucha contra el extractivismo. El nombre del programa era todo un mensaje a sus enemigos: “Silencio cómplice”.
Quedamos en juntarnos a comer un asado y publicar la nota en medios amigos (la publicó lavaca en su periódico MU en marzo pasado).
Intenté para esa nota hablar con “la otra parte”. Barañao dijo que no tenía nada de qué hablar, desechó cualquier pregunta. El presidente del Conicet, Roberto Salvarezza, adujo problemas de agenda.

La última entrevista

Viajó a México al Tribunal Permanente de los Pueblos (tribunal ético internacional, de carácter no gubernamental que evalúa la violación de derechos humanos). Volvió a México en enero. Se descompuso y fue trasladado de urgencia. Lo operaron en Buenos Aires y tuvo largas semanas internado, débil. Cuando le dieron el alta, llamó a casa. “Zafé”, fue la primera palabra. Y de inmediato preguntó: “¿Qué sabés del bloqueo en Malvinas Argentinas (Córdoba, donde se frenó la instalación de una planta de Monsanto)? ¿La tiene difícil Monsanto?” Él había estado en setiembre de 2013 cuando comenzó el bloqueo. Me explicó que tenía para varias semanas de recuperación, pero cuando estuviera mejor quería que vayamos a Córdoba, a Malvinas Argentinas y también a visitar a las Madres de Ituzaingó. Lo dejamos como plan a futuro.
Hablamos sobre su situación en el Conicet. Le dolía la indiferencia de compañeros del mundo académico, sobre todo de las ciencias sociales. Le pregunté por qué no recurrir a las organizaciones sociales. Se opuso. Argumentó que ya demasiado tenían en sus luchas territoriales como para preocuparse por él. Se ofreció para una entrevista. La hicimos. Algunas citas:
  • “Los mejores científicos no siempre son los más honestos ciudadanos, dejan de hacer ciencia, silencian la verdad para escalar posiciones en un modelo con consecuencias serias para el pueblo”.
  • “El Conicet está absolutamente consustanciado en legitimar todas las tecnologías propuestas por corporaciones”.
  • “(Sobre la ciencia oficial) Habría que preguntar ciencia para quién y para qué. ¿Ciencia para Monsanto y para transgénicos y agroquímicos en todo el país? ¿Ciencia para Barrick Gold y perforar toda la Cordillera? ¿Ciencia para fracking y Chevron?”
  • “Mucha gente fue solidaria conmigo, piensa que lo que uno hizo tuvo importancia para ellos, tienen derecho a saber que hay instituciones del Estado que privilegian la arbitrariedad para sostener discursos, para que el relato no se fisure.
Sabía que la entrevista sería para un medio amigo, “no masivo”. Estaba contento, recuperando fuerzas, no iba a dar el brazo a torcer ante Barañao, Salvarezza, el establishment científico y las corporaciones del agro.
El 27 de marzo concurrió a Los Toldos, a una audiencia pública sobre agroquímicos. Estaba débil, pero no quiso faltar. Sucedió lo mismo en la Facultad de Medicina, en la Cátedra de Soberanía Alimentaria (el 7 de abril), donde habló de los alimentos transgénicos y los agroquímicos. No estaba bien, andaba dolorido, pero no quiso faltar. Entendía esos espacios como lugares de lucha, donde debía explicar los efectos de los agroquímicos. Solía decir que se lo debía a las víctimas del modelo.
Al fines de abril avisó por correo electrónico que lo habían vuelto a internar. Esperaba que sea algo rápido. Quería volver a su casa, recuperarse y hacer el viaje pendiente a Córdoba, al acampe contra Monsanto.

Su legado

Fui testigo de sus últimos seis años. Tiempo en el que decidió alejarse del establishment científico que vive encerrado en laboratorios y sólo preocupado por publicaciones que sólo leen ellos.Se transformó en un referente hereje de la ciencia argentina. No tendrá despedidas en grandes medios, no habrá palabras de ocasión de funcionarios ni habrá actos de homenaje en instituciones académicas.
Andrés Carrasco optó por otro camino: cuestionar un modelo de corporaciones y gobiernos y decidió caminar junto a campesinos, madres fumigadas, pueblos en lucha. No había asamblea en donde no se lo nombrara.
No existe papers, revista científica ni congreso académico que habilite a entrar donde él ingresó, a fuerza de compromiso con el pueblo: Andrés Carrasco ya tiene un lugar en la historia viva de los que luchan.
Nos queda, entonces, saldar con él una enorme deuda: la de decirle gracias.
Nos vemos en la lucha.

Última entrevista

Ciencia transgénica

El científico que confirmó los efectos perjudiciales del glifosato denuncia al Conicet y al Ministerio de Ciencia. Afirma una saga de hostigamientos por denunciar el modelo agropecuario. El rol de los científicos, funcionarios y corporaciones.
Por Darío Aranda
Publicada en el periódico CTA de mayo.
El embriólogo molecular Andrés Carrasco marcó un quiebre en la discusión sobre el modelo agrario argentino. Con un largo recorrido en el ámbito científico, Carrasco confirmó en 2009 los efectos del glifosato (agroquímico pilar del modelo sojero) en embriones anfibios. Y ya nada volvió a ser igual. Los cientos de pueblos fumigados y organizaciones sociales tuvieron una prueba más para sus denuncias. Para Carrasco también fue un punto de quiebre. Comenzó a recorrer el país (desde universidad hasta escuelas, desde congresos científicos hasta clubes de barrio) dando cuenta de su estudio. Y comenzó a ser mala palabra en el mundo científico ligado al agronegocios. La última estocada provino del Conicet (el mayor ámbito de ciencia de Argentina): Carrasco denunció por persecución ideológica al presidente del organismo, Roberto Salvarezza, y al ministro de Ciencia, Lino Barañao.
El ministro Barañao había realizado en 2009 un inusual pedido de revisión “ética” al Conicet respecto al accionar de Carrasco. Sobrevino una censura en la Feria del Libro de 2010, difamaciones públicas y, el último hecho, la negación de la promoción con un dictamen que Carrasco evalúa como “plagado de irregularidades” y con evaluadores insólitos: una especialista en filosofía budista y un reconocido científico ligado a las empresas del agronegocios.
Ciencia, investigadores, corporaciones y gobiernos.
-¿Qué sucedió en el Conicet (Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas)?
-Soy investigador principal y me presenté a investigador superior, que es la máxima categoría de un investigador. Es un concurso donde uno presenta todos los antecedentes de la carrera científica. El Conicet lo somete a una comisión especial, formada por un grupo de personas. Una parte, dos o tres, son miembros informantes, que revisan antecedentes del candidato. Luego lo informan al resto de la comisión en un dictamen, que la comisión aprueba o desaprueba.
-¿Qué implica la promoción?
-Implica fundamentalmente el reconocimiento o una carrera en la que uno viene escalando posiciones. Se analiza todos los méritos y trayectoria del candidato. También implica una mejora salarial, pero fundamentalmente un reconocimiento a la carrera.
-¿Por qué rechazan su promoción?
-Apelan a una serie de argucias retoricas. Hicieron una evaluación cuantitativa y no cualitativa. Y alguna de las contribuciones más importantes mías sólo las describen, no las evalúan, no presentan argumentos serios de la contribución del trabajo, sólo miden cuantitativamente. Dicen que no es suficiente, deducen que en mi caso no tengo experiencia internacional suficiente. Además de decir que hubo interrupciones en mi tarea porque desempeñé tareas de gestión (dos años presidente de, justamente, el Conicet y otro tanto Secretario de Ciencia en el Ministerio de Defensa). Es insólito porque reconocen que estuve en cargos de gestión y por otro lado dicen que durante esos años no hubo producción, pero saben que tuve licencia sin goce de sueldo con cargo de mayor jerarquía.
-¿Qué es lo que no evaluaron?
-No evalúan seriamente nada. Dicen que fui primer autor o segundo autor (en las investigaciones firmados por grupos de trabajo, con varios autores), pero ni siquiera dicen qué es lo que se investigó. En la década del 80 realizamos una serie de publicaciones que fueron muy relevantes en el mundo científico. No hacen mención y se limitan a decir si firmé primero, segundo o tercero. Y no hay ninguna valoración sobre todo el resto, ni se refieren a los temas sobre lo que uno trabajó durante años. Hay mucha producción científica que que no fue valorada. Del dictamen se evidencia que no hubo valoración cualitativa, no pusieron en relevancia los impactos de las investigaciones, no señalan si fue novedoso y si contribuyó en la disciplina.
-¿Esa forma de evaluación es regla de la ciencia o es particular de este caso?
-Lo que corresponde que se haga es un análisis real del contenido de la carrera científica, no medirlo en términos de números. No se trata de ver cuántos papeles tenemos acumulados, usar una balanza y ver cuántos kilos pesa la producción científica de uno. Así evalúan hoy.
-¿Usted apunta a quiénes lo evaluaron?
-El dictamen es lavado, sin argumentación, y tiene relación con los evaluadores. Una profesora de filosofía hindú (Carmen Dragonetti), que debe ser muy buena en lo suyo pero que no sabe nada de embriología. Un experto en zoología (Demetrio Boltoskoy) que no conoce de embriología. Y uno de los evaluadores que está relacionado íntimamente con la industria transgénica y la promoción del agronegocios (Néstor Carrillo). Hay conflictos de intereses y, por otro lado, no hay consistencia con el tema que los ocupa. Debieran haberse excusado y no lo hicieron.
Carrillo ha tenido manifestaciones públicas contrarias a las críticas al agronegocios, está vinculado científicamente a empresas como Monsanto a través de Bioceres, es un convencido de la tecnología transgénica, que mantiene estrechos contactos con Federico Trucco (CEO de Indear y consecuente descalificador de la idoneidad científica de Carrasco) y con Aapresid (empresarios del agronegocios).
-¿Es común que evalúen informantes que no manejan el tema?
-Tienen que tener una idea qué se está evaluando, debiera ser gente que conozca la disciplina.
-¿Evalúan su trabajo sobre glifosato?
-Apenas lo mencionan. Dan cuenta del número de menciones internacionales pero ponen mucho menos de las que tuvo. Y hacen como que no tuvo impacto. Miden el impacto con un número erróneo y no discuten el contenido del trabajo. Mal que les pese, el trabajo sobre glifosato tuvo impacto en muchos lugares del mundo y lo debieron considerar.
-¿Qué le dijo el Presidente del Conicet?
-La respuesta fue que él no sabia lo que había pasado.
-¿Pero él lo firmó?
-Sí. Claro.
-¿Y no sabía?
-Él dice eso. Que no sabía. Quizá firma cosas que no conoce… la decisión de darle la promoción o no se discute en reunión de directorio… todo el directorio sabía. Desligó su responsabilidad y minimizó, no negó, lo que plantee sobre la evaluación teñida de conflictos de intereses y animosidad manifiesta.
-¿Habrá una nueva evaluación?
-No lo sé. Lo solicité por escrito el año pasado y aún no me respondieron.
-¿Por qué hace público este hecho?
-Porque siempre he sido partícipe que los actos de Estado que benefician o perjudican a personas deben ser públicos. Y segundo porque desde 2009 han pasado cinco años y el Conicet ha tenido momentos de hostigamiento hacia mí. Corresponde denunciar esa saga, me parece que es importante hacerlo público. Se suele acostumbrar mucho a no discutir por temor a los palazos, pero hay que discutir aunque la institución sea injusta. Mucha gente fue solidaria conmigo, piensa que lo que uno hizo tuvo importancia para ellos, tienen derecho a saber que hay instituciones del Estado que privilegian la arbitrariedad para sostener discursos, para que el relato no se fisure.

Glifosato

-¿Interpreta como un pase factura por el trabajo sobre glifosato?
-Sin dudas que es un pase de factura por el glifosato. Hay que recordar que el Conicet no fue neutral en ese momento.
-¿Por qué?
-Cuando di a conocer las consecuencias del glifosato, desde el Conicet armaron una comisión para contestar lo que yo había dicho. También me prohibieron la asistencia a una Feria del Libro para hablar del tema. Y el ministro Lino Barañao pidió una comisión de ética para juzgarme. Todo lo menciono en mi apelación al Conicet.
-¿Negarle la promoción es un mensaje para otros científicos?
-No creo que sea desconocido por el sector científico, donde hay pocos que están dispuestos a hablar claramente de estas cosas.
-¿Por qué?
-Por estas señales disciplinadoras. Hay una situación con gente que dicen “con esto no me meto porque viene la represalia, pierdo el subsidio, pierdo el becario”. Pero creo que no hay que tener miedo a las posible represalias. Si uno toma una decisión científica en su carrera que va contra la institución o si no quiere participar de la linea de la institución, debe tener lugar. La institución debe ser amplia, para todos, para los que quieren hacerse empresarios científicos y quienes solo somos investigadores.
-¿Qué responsabilidad le cabe al Presidente del Conicet y al ministro Barañao?
-Al Presidente (Roberto Salvarezza) le cabe toda la responsabilidad de haber firmado la resolución que niega mi promoción. Ni siquiera echó una mirada sobre cómo fue el procedimiento. Él sabe que al firmar convalidó la injusticia. Y Barañao… es sabida su animosidad manifiesta para conmigo. Hay una bajada de línea, sus hechos y dichos públicos haciendo juicio de valor sobre la investigación del glifosato. Tanto en medios públicos, televisión, radio incluso en charlas publicadas, hubo una reunión pública de Aapresid en Rosario donde habló de manera despectiva de mi trabajo. Si un ministro hace juicio de valor sobre la actividad científica de un investigador, el Ministro me atacó personalmente a mí y mi grupo por nuestro trabajo.
-¿Por qué?
-Lo hizo en un reunión de Aapresid. Dijo “el problema Carraco se termina dentro de una semana”. Porque iba a salir un informe del Conicet sobre glifosato y finalmente no lo pudieron hacer público porque era impublicable. Cuando un ministro dice ese tipo de cosas, siempre hay discípulos dispuestos a hacerle caso al ministro. Y si le cae en la mano una evaluación harán lo posible para dejar contento al ministro. Prácticas de revanchas, venganzas, pequeñeces, son comunes en el Conicet.
-Para muchas organizaciones que luchan en el territorio fue un punto de inflexión su trabajo de 2009. Es extraño que un científico que se involucre en luchas actuales.
-Creo que la investigación de 2009 contribuyó a dar impulso a muchos grupos de colegas que trabajan de manera similar. Y siempre me sentí muy acompañado por la sociedad civil. Me resulta difícil medir el impacto en la gente, pero sí coincido que no es común que un científico salga de la mera investigación de laboratorio para preocuparse y ocuparse por algo que sucede en los territorios. Sirvió para sumarse a una discusión actual, que afecta a la población, y contribuir a una discusión de ese tipo, creo que es lo que todo científico pretende. Y creo que también ha servido para mostrar limitaciones y defectos de la ciencia actual. He visto que muchos colegas legitiman a partir de la mentira. Los mejores científicos no siempre son los más honestos ciudadanos, dejan de hacer ciencia, silencian la verdad para escalar posiciones en un modelo con consecuencias serias para el pueblo.

Conicet

-Para los ajenos al mundo científico el Conicet pareciera un sello impoluto, de excelencia. Y al mismo tiempo legitimador de discursos sociales, políticos, periodísticos. Usted fue presidente del Conicet. ¿Cómo funciona?
-El Conicet no es para nada impoluto. Estuve dos años al frente del directorio. Tenía muchísimos problemas de estos todo el tiempo, que teníamos que corregir. Yo mismo he tenido casos en los que tuve que rechazar dictámenes injustos y hasta intervine la junta de calificaciones. El Conicet está marcado por la situación política del momento, seriamente cruzado por internas políticas y las legitimaciones del momento. La institución no garantiza los derechos a ser evaluados de manera correcta y el mayor grado de objetividad posible. No debería nunca estar Néstor Carrillo evaluando mi trabajo, lo pusieron a propósito.
-¿Qué rol juegan las empresas?
-El Conicet tiene representantes de las provincias, de la ciencia, de universidades y de la industria y del agro, como dos grandes sectores económicos. Estos últimos son representes propuestos por las corporaciones.
-¿Cómo repercute el rol del sector privado?
-El Conicet está absolutamente consustanciado en legitimar todas las tecnologías propuestas por corporaciones, modelos de hacer ciencia que implica un profundo y progresiva asociación con la industria. Ellos promueven un modelo de investigadores al servicio de empresas, de patentes, de formación científica con transferencia al sector privado. Ha llegado a tanto esa vinculación que el Conicet ha inventado un sistema de evaluación distinto para los investigadores que trabajan con las empresas.
-¿Cómo una evaluación distinta?
-Un sistema que implica que el investigador puede trabajar para una empresa y no es evaluado mientras participa de proyectos de empresas, pero siempre como investigador del Conicet. Si decide dejar la empresa, vuelve a ser evaluado como todos nosotros. Todo investigador debe publicar, enviar sus trabajos a revistas, poner en discusión sus trabajos. Los investigadores del Conicet que trabajan para empresas no está sometidos a estas evaluaciones. En esos casos el Conicet funciona como proveedor de recursos humanos de las empresas.
-Si usted hubiera investigado en favor de empresas del agro…
-De seguro el Conicet me daba todas las promociones que pedía. Muchos de los promovidos por el Conicet están encolumnados con esta lógica institucional de privatizar la producción de conocimiento científico. Ese tipo de investigadores está prestigiado por el Conicet. Y se mira mal a quien no se encolumna en esa forma de entender la ciencia. Y mucho peor si se los confronta. El Conicet alienta o cuestiona a investigadores según qué investigue. Si cuestionás el modelo te puede negar subsidios, te saca becarios, te evalúa de manera arbitraria.
-¿Cómo se puede comprobar la vinculación del Conicet con el mundo empresario del agronegocios?
-Es pública la vinculación. Se promueven investigaciones de transgénicos con total financiamiento público del Conicet, se financia a la empresa Bioceres, donde está Gustavo Grobocopatel. Se financió el polo tecnológico de transgénicos en Rosario para desarrollo de semillas, trabajan junto a Aapresid (empresarios que introdujeron los transgénicos en asociación con las multinacionales del sector). El Conicet lleva adelante una política en favor de una determinada tendencia tecnológica y además participa de los negocios que surgen de esa confluencia con el agronegocios. No lo esconden. Están orgullosos del modelo de ciencia que hacen.
-El discurso, no sólo del Gobierno, es que se ha invertido mucho en ciencia y técnica en estos años.
-Es cierto. Pero habría que preguntar ciencia para quién y para qué. ¿Ciencia para Monsanto y para transgénicos y agroquímicos en todo el país? ¿Ciencia para Barrick Gold y perforar toda la Cordillera? ¿Ciencia para fracking y Chevron? Hay un claro vuelco de la ciencia para el sector privado y el Conicet promueve esa lógica. En lo 90 estaba mal visto. Muchos hicieron la vida imposible al menemismo para que esto no pasara y hoy aplauden de pie que la ciencia argentina sea proveedora de las corporaciones.

Fuente: http://www.lavaca.org/notas/andres-carrasco-cientifico-y-militante-gracias/